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Davisín: el amor, la mejor de las terapias

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El cumplimiento del deber es motivo de satisfacción para todo cubano digno, pero cuando este lleva como elemento fundamental una gran carga de amor, el regocijo es mayor. Tal es el caso del joven fisioterapeuta santiaguero Yordanis Jiménez Agüero, por cuyas manos pasa la esperanza de muchos niños y sus familiares.

Un ejemplo de ello es el pequeño Davisín, aquejado de una atrofia muscular espinal tipo 1, quien a causa de las características de su diagnóstico requiere atención en su propio hogar. Por ello no es raro verlos juntos en la sala de la casa realizando ejercicios encaminados a fortalecer cada parte de su pequeño cuerpo.

Para Davisín es este uno de los momentos más importantes del día, pues también lo dedican a estimular su sistema respiratorio, bastante comprometido por la enfermedad. Risas, mimos, y hasta algunas lágrimas en desaprobación de algún que otro ejercicio, son manifestaciones frecuentes en el niño, que a pesar de todo ve a su fisioterapeuta con ojos de familiaridad.

Yordanis Jiménez Agüero ve en la terapia física y la rehabilitación un modo de ayudar a cualquier persona que lo necesite. Con 7 años de experiencia laboral se desempeña en el Policlínico Josué País García del Centro Urbano Abel Santamaría en Santiago de Cuba. Para él el dominio de la Medicina Natural y Tradicional y los diferentes equipos destinados a la electroterapia han sido de gran ayuda en su trabajo.

Hoy Davisín, con cuatro años de edad, es uno de los tantos niños de Yordanis, joven fisioterapeuta cubano que reconoce en el amor la mejor de las terapias.

Davisín y las bondades de una revolución para todos

Hoy al ver a mi pequeño bebé jugar con su carrito tomándolo con ambas manos e intentar movimientos tan difíciles para él como rolar y reptar, me di cuenta de sus avances, pequeños y casi imperceptibles, frutos del amor y apoyo familiar, pero también del sistema de salud cubano. Un sistema perfectible mas con grandes resultados, donde no necesito ingresos millonarios para acceder a servicios costosísimos en cualquier lugar del mundo.

Recordaba la primera vez que asistió a la sala de rehabilitación de mi localidad, el cariño que hasta ahora le profesan todos allí, las atenciones de sus neurólogas que ante cualquier duda de mi parte acceden sin reparos, la ternura de su genetista al explicarme las características de enfermedad. También vienen a mi mente las visitas de la defectóloga y la especialista del Centro de orientación y diagnóstico quienes se empeñan en enseñarle nuevas habilidades en materia de conocimiento a mi Davisín.

Todo ello me reconforta, pese a estar conciente de su estado de salud, porque vivo en un país que se preocupa por su gente y sobre todo por sus niños. Y esto no es drama para una telenovela ni autocomplacencia. Son reflexiones para continuar luchando por la construcción de una sociedad mejor. Y quien les dice esto es alguien que tropieza en su andar cotidiano con males que hay que acabar de desterrar de este país, como el burocratismo y la falta de humanidad, la morosidad y la falta de ética.

Pero a la vez una cubana de a pie que ve y vive la realidad de esta isla, y tiene la posibilidad de percatarse de que esas manchas jamás llegarán a ensombrecer las bondades de esta revolución que es para todos.
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