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Historias del carnaval santiaguero (II)


El carnaval o fiesta de mamarrachos acogió a los emigrantes provenientes de tierras hermanas del caribe y permitió que desde su seno se mantuvieran vivas las tradiciones de sus culturas originarias. Desde entonces los cabildos han estado presentes con sus costumbres y peculiaridades.

Bailes, cantos, coreografías y suntuosos vestuarios son exhibidos por las calles de las barriadas santiagueras con la anuencia de los amos quienes en no pocas ocasiones disfrutaban de lo contagiosos de sus ritmos. Y como fiesta popular el carnaval siempre se ha caracterizado por arrastrar grandes masas de público.

Entre los elementos que destacan desde el siglo XIX está la corneta china proveniente de los barrios chinos, instrumento que se fusiona con los toques de tambor y el resto de los instrumentos de percusión utilizados para los toques de conga.

El carnaval santiaguero, salido de las clases más humildes de esta sociedad también se encuentra fuertemente ligado a la beligerancia de los cubanos por su independencia. Cuentan que sirvió de fachada a muchos mambises, quienes disfrazados y aprovechando el alboroto propio de estas festividades se llegaban hasta sus hogares para saber de sus seres queridos.

Ceremonias que tal como recoge la historia de nuestro país, sirvieron de frontón a los asaltantes al Cuartel Moncada, para trasladarse a la ciudad y posteriormente protagonizar una de las páginas más gloriosas de nuestra gesta libertaria.

En el carnaval se juntan lo místico, lo profano y lo cultural, para dar paso a un evento que aún con los toques de modernidad de la actualidad mantiene viva su esencia: la resistencia.

Historias del carnaval santiaguero (I)


Con el paso de los años los cronistas de la ciudad han coincidido en afirmar que el carnaval o mamarrachos como también se le conocía en sus inicios, es el evento festivo de mayor repercusión y prevalencia en Santiago de Cuba. Calificada también como una de las fiestas más importantes, con la peculiaridad de que era un momento en el que todos compartían y celebraban en las calles.
Los otrora mamarrachos han sido siempre sinónimo de bullicios, algarabías y excesos, a tal punto que por allá por el siglo XVIII llegaron a estar prohibidos por “Real Cédula”, situación que no duró mucho porque ya formaban parte de la vida de los pobladores.
Fiestas informales que duraban hasta horas de las madrugadas en las que las personas recorrían las calles, jugaban burlas a los habitantes de la ciudad, y en muchas ocasiones hasta usaban disfraces extravagantes y del sexo opuesto. Todo en ambientes llenos de euforia y con la combinación de cantos y bailes populares.
Según un periódico de la época en las carnestolendas santiagueras del siglo XVIII también existía la práctica de las aguas arrojadizas y líquidos proyectiles, que no por ser tradición resultaban menos molestos y chocarreros. Diversión que fue prohibida pero que aún así se manifestaba con gran fuerza, a tal punto que en febrero de 1830 el gobernador interino Juan Crisótomo de Moya, decidió suprimir el arrojar aguas aunque fueran de olor y todo tipo de polvos y confites.
María Elena Orozco Melgar, lo reseña así: “Indudablemente eran las fiestas del carnaval o de los mamarrachos las más populares y, como se decía en una crónica de la época (siglo XIX), “la única posibilidad de diversión de algunas clases sociales… la única diversión popular conocida en el país” y para la que todos se preparaban con anticipación”.
Referencia al Santiago de siglos más atrás pero que para nada difiere de la realidad del presente, pues los santiagueros de hoy igualmente opinan que “no es posible hablar de identidad santiaguera sin referirse al evento cultural por excelencia que cada julio convierte a la ciudad en una gran fiesta: el carnaval”. Celebración que ha sido catalogada como “emblema de la ciudad”.